La (mi) lista de libros de fotografía 2018

No sé si tiene sentido hacer una lista, pero bueno, me sumo al carro y voy a hablar de algunos de los libros que me han gustado este año y por qué. No hay ganadores ni perdedores, de algunos me gustan más las fotos, de otros el papel, y otros están ahí por algo “superior” que engloba muchas cosas que no sé cómo definir. 

“Y tu, ¿por qué eres negro?” de Rubén H. Bermúdez. Porque es imprescindible para dejar de mirarse el ombligo.

“Masahisa Fukase” de Masahisa Fukase. Aparte de concentrar casi todas las series fotográficas de Fukase en un solo envoltorio, el papel es una delicia, mucho más amable que la reedición de “Solitude of Ravens” que no me apetece tanto releer por el brillo y el tacto tan áspero (no físicamente, sino que no es cómodo de tocar). Tenía ganas de volver a ver las fotos de su padre, que en la exposición de Arles de 2017 me dejaron con un nudo en el estómago (fui tres o cuatro veces a ver esa exposición).

CIENOJETES de Paco Gómez (y dos más). No sé, está bien.

“Dulce y Salada” de Jorge Panchoaga. Conocí este proyecto a través de Gonzalo Golpe, que había participado en la edición. En el crowdfunding explicaban que el fotolibro trataba sobre una zona de Colombia llamada Nueva Venecia donde la polución del agua está llevándose por delante la forma de vida de los habitantes. Una de las formas de aportar consistía en que entregaban un ejemplar del libro a uno de los habitantes de la zona, para que el trabajo no quedara solo en el exterior, como suele pasar con las fotografías que se hacen en lugares de conflicto. El fotolibro tiene una atmósfera muy bien cuidada.

“La ilusión documental” de Takuma Nakahira. Nakahira escribió mucho durante sus años de actividad fotográfica. Casi todos los textos aparecieron en revistas y libros publicados en Japón y muy pocos fueron traducidos al inglés o al castellano. En “la ilusión documental” se combinan la mayoría de los ensayos escritos por Nakahira, textos en los que habla de su práctica desde un punto de vista honesto y a veces enigmático. Es muy recomendable para quien quiera descansar de tanta imagen y quiera leerlas. 

“The Suicide Boom” de Kenji Chiga. Se puede abordar un tema desde muchos puntos de vista, y en “The suicide boom”, Chiga aborda el fenómeno de los suicidios en Japón con un análisis en profundidad. Utilizando el papel y la impresión sobre distintos soportes, va generando diferentes lecturas sobre este tema tan difícil y velado en la sociedad, sobre todo en la japonesa, donde se da mucho más de lo que debería. Textos ocultos tras pliegues, o los papeles brillantes que contienen infografía y en cuyo reverso rugoso se presentan fotografías realizadas por el autor. En total 444 páginas de genialidad. Si añadimos que el libro ha sido hecho a mano por el propio autor, todo adquiere un nuevo sentido. 

“Revuelta” de Guadalupe Arriesgue. Un libro pequeño, a medias entre fotolibro y fanzine, muy poético, experimental. Como una ola del mar que te revuelca y te arrastra, los poemas de Guadalupe Arriesgue se van mezclando con las imágenes hasta perder los límites entre texto y fotografía.

“33293” de Phes y Estela de Castro. 33293 son las personas que han perdido la vida intentando cruzar el mediterráneo entre 1993 y 2017. Muchas de ellas no han podido ser identificadas. En este libro, cuyos beneficios van directamente a ONGs que ayudan a personas que han tenido que dejar sus países o que viven en condiciones inhumanas por culpa de la guerra. El libro ha sido creado a partir de las fotografías tomadas por Estela de Castro durante varios viajes a campamentos de refugiados, y por fotografías tomadas por los propios inmigrantes con cámaras desechables, dándole voz a estas personas, que muchas veces carecen de un lugar donde mostrar su punto de vista.

“____________(Bike kill)” de Julie Glassberg. Hay libros que huelen raro por la tinta con la que están impresos. Suele ser tinta negra que huele a pescado. En el caso de “Bike kill” lo que huele son las portadas, hechas con goma de rueda de bicicleta. Y entras en la historia antes de abrir el libro, incluso antes de ver la portada y leer el título que no existe. Pero no es todo cáscara, en el interior, fotografías en blanco y negro muestran la vida de un grupo de jóvenes que hace torneos de justas en bicicleta. 

“The tree of life is eternally green” de Pascual Martínez y Vincent Sáez. Porque habla de la naturaleza y cómo la conciben dentro de su vida los ciudadanos de Rumanía, pero se puede aplicar a cualquier persona que haya vivido alguna vez cerca de un bosque. Porque está hecho con mucho amor y porque son amigos, qué narices. 

De la ampliadora a la impresión de fotografías digitales

O cómo decidí que quería ver mi obra en papel en lugar de en pantallas

Cuando empecé a hacer fotografías en serio lo hice con la ayuda de una cámara réflex analógica heredada (secuestrada) que mi padre había comprado allá por los 70-80. Durante los primeros años de la carrera, los carretes los llevaba a revelar al laboratorio, me daban copias de 10×15 y todo iba bien…

Y entonces en tercero, en la asignatura de fotografía, nos enseñaron a revelar carretes y hacer ampliaciones analógicas.

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Pura alquimia. El proceso es complejo, y no creo que sea este el momento de explicarlo (hay mil cursos de fotografía analógica donde lo harían mejor), pero la sensación de satisfacción que se queda al introducir un papel en una cubeta, menearlo un poco y ver cómo aparece nuestra imagen es difícil de describir. Durante ese curso conseguí traerme desde Motril la ampliadora que tenía mi padre y, en un cuarto de baño que “no se usaba” monté un cuarto oscuro para revelar mis fotografías.
Al terminar el curso, no se si al año siguiente o poco después, conseguí una réflex digital, una 350D. Las fotografías, técnicamente, eran mejores, podía hacer más sin gastar tanto dinero en carretes, papel, líquidos y tiempo, pero esa sensación se había perdido un poco. Y así pasaron los años, casi diez ya, en los que, si de las fotografías analógicas había sacado en papel el 70%, de las digitales no tuve en mis manos más del 5% si me apuras. En casa no tenía álbumes de fotografías, todo lo que hacía se quedaba en los discos duros, la pantalla y algunas se subían a redes sociales, flickr o aquí. Había llegado a un punto en el que necesitaba alquimia.

En 2015 hice una selección de todas las fotografías digitales que tenía (20.000 aproximadamente) y escogí unas 2.000 que quería conservar en papel. Con un pendrive lleno de fotos me acerqué a una tienda y, tras tres días saliendo fotos de sus máquinas, me dieron 5 paquetes que yo metí en sendos álbumes que viven en mi estantería desde entonces. Y tuve algo de satisfacción, mucha satisfacción al hacerlo, pero era como cuando llevaba los carretes a revelar y aun me faltaba algo.

Y me puse a mirar impresoras. Soy bastante quisquilloso y no me gustan las cosas que duran cuatro días y no ofrecen satisfacción. En el pasado había sacado alguna foto en “laboratorios/imprentas” que, por utilizar tintas muy baratas, ya no tienen el mismo color que tenían cuando las hice. Tenía claro que quería una impresora de tintas pigmentadas que sacara fotos a un tamaño decente, pero tampoco demasiado grande.

No soy Andreas Gursky

Uno de los motivos principales que justifican la compra es el de poder aprender a imprimir mis propias fotos, además de que, ya que me iba a gastar un buen dinero en sacar las doscientas y pico fotos para el TFM (se me ha ido un poco de las manos, pero bien), bien podía absorber parte del gasto teniendo una herramienta para seguir vendiendo mis fotografías. En el proceso de instalación y primeros pasos con la impresora ya he aprendido cómo hacer perfiles de papel nuevos (gracias a Keith Cooper y su web donde encontré bastante información al respecto). También he comprado papeles a precio de tela de la india bordada en oro, que por otro lado tiene la misma apariencia cuando imprimes una buena foto, todo hay que decirlo.

Y ha vuelto la magia, vuelvo a sentir esa sensación de satisfacción cuando le doy al botón de imprimir y la impresora traga papel y va saliendo la fotografía poco a poco.

Posdata: Tengo una tienda para que los que viven en España puedan comprar mis fotografías. De momento, como no me he hecho asquerosamente famoso ni estoy muy sobrado, tienen unos precios asequibles para hacer un regalo o para colgarlas en vuestra propia casa si os gustan.